Al final escribiré en el blog
pero con cierta supervisión. Se leerá lo que escribo y se pasará al blog del
CEADAC. Me parece bien porque quizás algunas cosas que fuera a escribir no
deberían leerlas el resto de pacientes.
No por nada, no conozco ningún secreto de este lugar que vaya a sorprender a
nadie, simplemente tengo, como todos, percepciones contradictorias de este
centro. Entiendo que como todos.
El trato en este lugar es
exquisito por parte de todos los trabajadores, en eso es imposible poner ninguna
pega, y el ambiente es muy friendly como dicen los ingleses. También entre los
pacientes, aunque lo cierto es que cada uno llevamos nuestra propia sombra en
la mirada, la sombra de lo que nos ha ocurrido a cada uno de nosotros para
estar aquí.
En todas las sesiones en el
CEADAC incluso lo contiene su propio nombre, se habla de nuestro daño cerebral.
Yo tengo que pensar dos veces si realmente tengo “eso”, daño cerebral, porque
la mayoría del tiempo pienso que no, pero luego, durante las terapias, veo que
hay mucha gente que realiza las cosas mucho más rápido que yo, pero no sé si
eso quiere decir que yo tengo algo o más
daño cerebral o simplemente que a ellos se les dan mejor lo sudokus o la
prueba que se esté realizando en ese momento.
En fin, que tengo muchas dudas de
si realmente tengo daño cerebral o es que nunca he sido excesivamente
inteligente y lo he compensado, para llegar a donde estoy, con “prestaciones”
cognitivas y sobre todo emocionales y empáticas diferentes y en mi caso muy
desarrolladas, probablemente por la vida que me ha tocado vivir.
Supongo que en nuestra infancia y
adolescencia creamos nuestras propias herramientas para lidiar con la vida y
eso marca y conforma nuestra personalidad y nuestro carácter ya de por vida.
Dicen que lo que nos sucede en la infancia es importantísimo, que las vivencias
y la relación con tus padres y con los demás marca tu personalidad y tu
carácter, junto con la genética, que tiene también mucho peso.
Yo creo que tuve una infancia
bastante feliz, pero tuve que pelear por cada gesto de cariño y sobre todo por
la admiración de mi padre. Éramos cuatro hermanos y yo era la única mujer,
siempre quise ser uno de ellos y hacía todo lo que podía físicamente para
serlo. Me quería mimetizar tanto con mis hermanos varones que mi padre me
llamaba “macha”. Este pequeño detalle nunca me sorprendió hasta que hace dos
años fui al psicólogo y me lo destacó muchísimo.
Ahora cumplo mis propias
expectativas pero compitiendo conmigo misma, que a veces está bien pero otras
me mete una presión extra que no siempre gestiono de la mejor manera.
MARIA LUISA